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Convertir la pérdida en poder popular

(Daniela Cuenca, Brigadista de terreno)

La tierra colombiana es también tierra de organización popular, de resistencia y de luchas persistentes por los derechos humanos. En medio de su diversidad, su complejidad y sus profundas heridas, han sido los movimientos sociales quienes han sostenido la defensa de la vida frente a la violencia. Yanette Bautista es, y será siempre, una de las referentes indiscutidas de ese largo camino: una mujer que transformó una experiencia íntima de dolor (la violencia política atravesando su propia familia) en organización, en red, en comunidad. Donde hubo miedo y angustia, Yanette ayudó a construir poder colectivo; donde hubo pérdida, sembró memoria y esperanza. 

 

 

Yanette inició su militancia en la Asociación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos (ASFADDES) tras la desaparición forzada de su hermana, Nydia Érika Bautista, el 30 de agosto de 1987, en una operación conjunta de las Brigadas III y XX del Ejército Nacional1. Durante tres años emprendió una búsqueda incansable hasta lograr encontrar sus restos: Nydia había sido asesinada y enterrada como NN en un cementerio de Guayabetal, en el departamento de Cundinamarca2.

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Yannette Bautista
Yannette Bautista

A finales de los años noventa, Yanette llegó a presidir la Federación de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos de América Latina (FEDEFAM), consolidando su liderazgo más allá de las fronteras de Colombia. Sin embargo, su compromiso también tuvo un alto costo: fue víctima de amenazas, hostigamientos y persecución política3, lo que la obligó a vivir en el exilio en España, Alemania y Costa Rica. Durante ese tiempo, lejos de detenerse, continuó organizando, articulando y sosteniendo procesos de denuncia contra la desaparición forzada.

En 2006, tras su regreso a Colombia, fundó formalmente la Fundación Nydia Érika Bautista por los Derechos Humanos (FNEB), aunque sus bases ya se habían tejido durante sus años de exilio en Alemania, luego de más de una década de lucha. Yanette fue la directora de la Fundación hasta su fallecimiento, el 1 de septiembre de 2025. 4Dedicó su vida entera a la reconstrucción del tejido social que la violencia intentó romper, convencida de que la memoria, la organización y el cuidado mutuo son formas profundas de justicia. Por eso, su ausencia hoy también es memoria colectiva. Su historia y su legado marcan un horizonte: no sólo para quienes creemos que otros mundos son posibles, sino para quienes, día a día, participan activamente en el cuidado de esos mundos amables que ya existen.

Tres meses antes de su partida, el 9 de junio de 2025, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) acreditó oficialmente a Yanette Bautista como víctima y como mujer buscadora en los macrocasos 08 y 11.5 Con este reconocimiento, la JEP validó no solo el sufrimiento personal provocado por la desaparición de su hermana, sino también su labor constante en la búsqueda de verdad y justicia, y su acompañamiento comprometido a cientos de familias víctimas en Colombia. 

Acompañar para reconstruir, organizar para resistir

La Fundación Nydia Erika Bautista se dedica a la protección de los derechos de familiares de personas desaparecidas y ofrece un acompañamiento con enfoque integral, participativo y de género, ya que las búsquedas son encabezadas en su mayoría por mujeres, quienes afrontan diferentes daños a su salud física y mental en el arduo camino para encontrar a sus seres queridos6. La organización lucha contra la estigmatización a la que se ven expuestas las mujeres defensoras de DD.HH y la revictimización que atraviesan a diario por parte de organismos estatales y algunos sectores de la sociedad.

Según Amnistía Internacional Colombia «en el discurso público, viven afectaciones a su dignidad humana, son discriminadas y afectadas en su buen nombre en respuesta a las denuncias que han hecho. Sufren violencia física, que en el caso de las mujeres buscadoras, tiene un carácter especial y causa un daño diferenciado, pues está atravesada por la violencia basada en género, por su vulnerabilidad a la violencia sexual y por un continuo de violencias contra la mujer que se expresa durante todo el ejercicio de búsqueda de los seres queridos desaparecidos forzadamente.7 

Estas mujeres caminan la misma senda que recorren las madres de México que hoy excavan la tierra con sus propias manos y que las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo8 comenzaron a trazar en Argentina hace casi medio siglo, cuando transformaron el terror de la desaparición en una lucha pública por la verdad; en estos territorios latinoamericanos, atravesados por violencias similares, son mujeres (madres, hermanas, abuelas) las que enfrentan al poder, al silencio y a la impunidad, convirtiendo su dolor en organización colectiva, en memoria viva, en pedagogía del amor y sosteniendo una verdad común que atraviesa fronteras: que sin los cuerpos, sin los nombres, sin justicia, no hay paz posible para nuestros pueblos. 

La Ley de Mujeres Buscadoras: un precedente nacido desde los territorios

En este camino de construir poder popular y reconocimiento a las mujeres que buscan en los diferentes territorios del país, la FNEB propulsó la Ley 2364 en 20249, que fue finalmente reglamentada por un decreto en enero 2026.10 Esta normativa, conocida como “Ley de Mujeres Buscadoras”, marca un hito en la historia reciente del país y se constituye como un precedente para Latinoamerica y el resto del mundo, proponiendo un enfoque integral que reconoce que las búsquedas de las personas desaparecidas han sido sostenidas, mayoritariamente, por mujeres que asumieron esta tarea en escenarios complejos, de abandono y violencia, estigmatización y riesgo. En este sentido, se incorpora una perspectiva de género que reconoce las desigualdades estructurales que vivencian estas mujeres, así como las violencias diferenciadas que enfrentan por su condición de género, etnia y su rol comunitario.

Otro aporte central es el reconocimiento de la búsqueda como un trabajo social, político y comunitario, y no únicamente como una experiencia de duelo privada e individual. Se visibiliza la carga emocional, física y económica que implica buscar en Colombia, y establece obligaciones estatales en materia de protección, acompañamiento psico espiritual, acceso a la justicia y garantías de no repetición. De esta manera, transforma una práctica históricamente invisibilizada en una responsabilidad pública11.

En un escenario regional marcado por la persistencia de la desaparición forzada en países como México, Argentina, Guatemala o Perú12, la experiencia colombiana ofrece una referencia concreta: una legislación construida desde la lucha de las propias buscadoras, que reconoce su agencia política y su papel en la reconstrucción del tejido social. Más que un cierre, esta ley abre un camino posible para pensar marcos normativos que partan del cuidado, la memoria y la justicia con enfoque de género.

Finalmente, el verdadero desafío que plantea la Ley de Mujeres Buscadoras no es solo su existencia formal, sino su implementación efectiva. Convertir este reconocimiento en políticas públicas sostenidas, con recursos adecuados y garantías reales, es una tarea pendiente que interpela tanto al Estado colombiano como a la comunidad internacional13. Acompañar este proceso es fundamental para que este precedente no quede aislado, sino que inspire transformaciones profundas en otros territorios atravesados por la violencia y la búsqueda.

La militancia desde el amor

El trabajo de Yanette no se limitó a la incidencia jurídica ni a la construcción normativa, su mayor legado vive en los procesos colectivos que acompañó y fortaleció en los territorios. La organización Madres por la Vida de Buenaventura14, es un ejemplo de como Yanette fue no sólo una aliada, sino una guía política y afectiva. Según relatan muchas de ellas, durante las actividades compartidas, su acompañamiento fue decisivo para reconocerse como sujetas políticas, como defensoras de derechos humanos en sus propios territorios, capaces de exigir verdad, memoria y justicia sin renunciar al cuidado colectivo.

A estas mujeres se las conoce como “las patidescalzas”15: madres que caminan descalzas sus barrios, riberas y cementerios, sosteniendo la búsqueda con el cuerpo expuesto y la memoria viva. Esa forma de nombrarse condensa una ética de la lucha que Yanette supo leer y fortalecer: la de mujeres que, aun en condiciones extremas, convierten el dolor en organización y el aislamiento en red. Este mismo enfoque guió su acompañamiento a otros procesos emblemáticos del país, como el de las madres de la Comuna 13 de Medellín, que comparten su lucha en el documental Si la escombrera hablara”16. Allí, la palabra poética y el arte se transformaron en denuncia, en archivo vivo, en una manera de decir aquello que la tierra esconde y el Estado aún se resiste a escuchar. 

En palabras de una de ellas “ Yanette fue la que nos dijo que sí podíamos buscar, que sí podiamos buscar en el mar, en el estero, en el río. Era la que siempre nos decía “Hágale mamita que usted puede”. Hoy, su “mayora” está presente en cada momento de encuentro, en cada espacio de limpieza espiritual que se llena de alabaos y la nombra, la recuerda, manteniendo viva su lucha en el tiempo.

Defender la vida

La historia de Yanette no es una historia más: es una historia poderosa, profundamente enraizada en la vida de Colombia. Su trabajo hizo (y hace) frente al horror, memoria frente al olvido, lucha frente a la impunidad. Pero también habla de un país que, aun atravesado por la violencia, no ha perdido la capacidad de cuidarse, de encontrarse, de celebrar la vida.

Colombia es también la amabilidad que se ofrece sin preguntas, el baile que irrumpe incluso en medio del duelo, la risa compartida, la solidaridad cotidiana entre quienes resisten juntxs. Es la fuerza de las mujeres, la ternura que convive con la firmeza, la creatividad que transforma el dolor en arte y el miedo en comunidad. En ese país diverso y vibrante, la lucha por los derechos humanos no es sólo activismo: es abrazo, es cuerpo en movimiento, es amor organizado.

Apoyar el legado de Yanette Bautista no es únicamente un gesto simbólico: es apostar por esa Colombia que ya existe, la que se levanta desde los territorios, la que cree en la verdad, la justicia y la reparación como caminos posibles. Es respaldar a quienes, con alegría, coraje y compromiso, trabajan cada día por sostener la vida y seguir construyendo futuros dignos, donde la memoria no pese como una carga, sino que ilumine el camino compartido.