Desde Brigadas Internacionales de Paz nos venimos pensando desde hace rato la protección integral. Los aportes de defensoras y organizaciones feministas han puesto sobre la mesa la necesidad, no solo de cuestionar los modelos de protección militaristas, sino de entender la protección en todas sus dimensiones. Y es que la protección integral se piensa políticamente, tratando de construir modelos de protección que cuestionan el monopolio del Estado, las relaciones de poder o el individualismo, pero también parte de la idea de que “lo personal es político”. Es decir, la protección también tiene que ver con los vínculos que creamos, con los afectos, las identidades, los dolores del cuerpo, los valores, el vínculo con la naturaleza y los símbolos. Por eso venimos hablando de la dimensión de sentido o espiritual, la dimensión de cuerpo-mente-corazón y la dimensión grupal de la protección. Protegernos no es solo sobrevivir, no es solo poder seguir haciendo nuestras actividades de defensa de derechos, también es construir nuestras vidas, nutrir nuestros sueños y fortalecer nuestros vínculos.
En este sentido la protección se vincula con el cuidado y, felizmente, con la sanación. Protegernos es crear herramientas para prevenir situaciones dolorosas, es decir, tomar decisiones ante los riesgos del contexto. En contextos de tanta violencia sociopolítica, además, los riesgos son altos, así como los impactos que tienen sobre nosotras prevenirlos o vivirlos. Para protegernos, por lo tanto, necesitamos reconocer todo lo que nos genera y ha generado la violencia, dándole valor y compañía.
El pasado 10, 11 y 12 de julio nos encontramos en Ciudad de Guatemala aproximadamente 40 mujeres. Unas veníamos de Colombia, otras de Honduras, México y otros lugares bien alejados de Guatemala. Algunas teníamos 15 años y otras casi 70. Algunas indígenas, negras, mestizas y blancas, veníamos de los territorios en resistencia en Abya Yala y de la solidaridad internacionalista. Fuimos muchas almorzando, durmiendo, conversando, bañándonos, paseando y respirando juntas.
Todo lo vivido nos hizo sentir tranquilas, emocionadas y acompañadas ¿será que eso es la sanación? ¿será que la sanación está en nuestras manos? ¿en nuestra historia?
La sanación fue un círculo.
La sanación fue narrar vivencias que no habíamos explicado antes.
La sanación fue estar juntas y abrazadas.
La sanación fue la música.
La sanación fue el significado, el volver a recordar que estábamos ahí por algo.
La sanación fue decir: NO queremos esa violencia.
La sanación fue “el patriarcado no se lo esperaba, no se esperaba que nos íbamos a juntar e íbamos a bailar” como dijo Lorena Cabnal, de TZK’AT Red de Sanadoras Ancestrales del Feminismo comunitario Territorial de Iximulew, Guatemala.
La sanación fue mirar para arriba y ver los árboles y el cielo.
La sanación fue reírnos.
La sanación fue llorar.
La sanación fueron las plantas que bebimos, comimos, con las que nos bañamos y masajeamos.
La sanación fue dormir.
Y todo eso, que fue tan sencillo y a la vez tan transformador, se convirtió en un fuego de protección.
Hay días que la protección más necesaria es la que nos hace recordar que estamos juntas.
Gracias a todas las compañeras que lo hicieron posible.
Gracias a las compañeras de Abya Yala que siguen prendiendo y aprendiendo del fuego.