Tres de junio del dos mil. Veintiséis de mayo de dos mil uno. Veinticinco de octubre de dos mil dos. Ocho de enero de dos mil ocho. Nueve de diciembre de dos mil diez…Luz Marina Bernal, Doña Blanca y Luz Elena Galeano rememoran fechas que llevan grabadas en sus entrañas. Son días y meses de años pasados que el azar o la causalidad del conflicto colombiano les puso delante para no olvidarlas. Fechas en las que hombres armados decidieron, sin pensárselo, convertirlas en víctimas y engrosar la larga lista de personas que aún hoy buscan a sus muertos. Desaparecidos y asesinados en una guerra absurda, cruenta y larga. Las fechas son interminables, tantas como los ocho millones de víctimas que hoy día arrastra Colombia, y todas ellas se retuercen entre el dolor y el sufrimiento, entre las noches sin dormir, entre la esperanza de volver a ver a sus seres queridos, entre la rabia de por qué a ellos: a sus hijos e hijas, esposos, hermanas… “¿Por qué si ni siquiera sabía leer ni escribir?” Luz Marina Bernal, una de las madres de Soacha[1], recuerda la ternura, el respeto y la calidad humana de su hijo, Fair Leonardo Porras, un joven de 26 años con discapacidad física e intelectual, incapaz de dirigir ninguna organización narcoterrorista, a pesar de lo que le pudiera insinuar el Fiscal justo el día en que fue a identificar los restos de su hijo, el 16 de septiembre de 2008, encontrados ocho meses después de su desaparición en Ocaña, Norte de Santander. Hasta allá fue llevado Fair junto a otros diecinueve jóvenes del sur de Bogotá engañados con promesas de trabajo sin sospechar que serían cruelmente asesinados por las fuerzas armadas de Colombia haciéndoles pasar como guerrilleros muertos en combate. Esta macabra maniobra se conoce como las ejecuciones extrajudiciales o “falsos positivos”[2] que se utilizaron durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez de los cuales, gran parte de los culpables, aún hoy siguen sin ser juzgados. ¿Y cómo se le incrusta a una el comentario de ese funcionario público que después de nueve años sigue sonando terriblemente leonino? Me pregunto desolada mientras escucho atenta a Bernal contando su historia en el centro de una siembra colectiva en la plaza de Bolívar de Bogotá. Junto a ella, muchas otras víctimas y acompañantes han querido sembrarse en una catarsis colectiva para rememorar a sus muertos. Una tierra fresca y suave les cubre la parte inferior de sus cuerpos, y les rodean plantas y flores de diversos colores mientras cada quien hace su propio ejercicio de conexión con su pasado.
Cuerpo Gramaticales
La luz a primera hora de la mañana enrojece el Palacio de Justicia, el Capitolio Nacional y la Catedral, los tres edificios más emblemáticos para la historia de Colombia que dan forma a la plaza de Bolívar. Sus adoquines, que han vivido momentos de guerra y de paz, queman más de la cuenta bajo el sol del altiplano que hoy ha salido con fuerza. Los tambores que han querido acompañar el trabajo de Cuerpos Gramaticales[3] resuenan melodías indígenas mientras un chamán baila entre las personas sembradas moviendo una bandera blanca como símbolo de paz, de luz y de tranquilidad.

La tierra y el conflicto
A la hija de Doña Blanca la asesinaron por pertenecer a la Juco (Juventud Comunista de Colombia) después de desaparecerla, torturarla, violarla y enterrarla en una fosa común. Su marido también sufrió el mismo destino un año antes, al igual que uno de sus cuñados, así que ella tuvo que salir de La Guajira, su departamento, y desplazarse hasta Bogotá, donde lleva 16 años. A Doña Blanca no le tirita la voz al describir la desgarradora muerte de Irina del Carmen, su hija que por entonces era apenas una adolescente, mientras su siembra sirve para visibilizar que aún no se conoce la verdad de tantos hechos atroces. Aunque ella sabe perfectamente quiénes fueron los culpables: “varios hombres del Bloque 40 y grupos paramilitares”, exclama con seguridad. “¿Y para usted qué símbolo tiene la tierra?”, le pregunto curiosa. “Para mí la tierra es fuerza, es lucha, porque los pies los ponemos en la tierra y nos da fuerza para seguir luchando con los casos de nuestros seres queridos. Y florecer simbólicamente acá significa crecer hacia nuestros territorios, organizaciones, espacios, procesos…”, explica Doña Blanca con sumo cuidado dejándome pensativa ante la paradoja o contradicción de cómo la tierra, ese elemento clave que ha generado gran parte de los conflictos en Colombia debido a que, históricamente, ha estado concentrada en muy pocas manos -a pesar de que este país es predominantemente rural-, sea a la vez el ingrediente que da fuerza y energía para continuar caminando en esta cruel realidad. Tras seis horas de siembra y catarsis colectiva cada cuerpo gramatical se levanta, algo entumecido, para cerrar el evento en un gran círculo de personas abrazadas que bailan al son de los tambores que nunca callaron. En el centro de esta figura humana gigante quedan salpicados los montones de tierra que, ahora sin cuerpos, de repente me parece que dejan de ser una plantación viva para convertirse en una especie de cementerio sin nombres, sin lápidas. Y sucumbida por la emotividad del momento, la escena me parece hasta poética: los muertos y las muertas han resucitado y danzan también al compás de la música que deleita esta gramática corporal urbana, colectiva y cargada de resistencia.Silvia Arjona M.
Notas de pie:
[1] Wikipedia: Madres de Soacha [2] Wikipedia: Escándalo de los Falsos Positivos [3] Youtube: Cuerpos Gramaticales, 21 de octubre de 2015 [4] El Tiempo: Operación Orión: 14 años sin verdad, justicia ni reparación, 16 de octubre de 2016 [5] El Espectador: Lo que necesita saber de la Justicia Especial para la Paz. 14 de marzo de 2017 [6] Vice News: Los raperos agricultores de la Comuna 13 en Medellín, 4 de octubre de 2016Themes