Érase una vez un pájaro en una playa…
Érase una vez diez leonas…
Érase una vez una veintena de defensoras…
Del 15 al 18 de febrero nos reunimos en La Mesa, Cundinamarca, 25 mujeres. Mujeres de diferentes territorios colombianos con acompañantes de PBI de varios países: San José de Apartadó, Cali, Vistahermosa y Puerto Rico en Meta, Bogotá, Catatumbo, Remedios, Sur de Bolívar, Barrancabermeja, Puerto Asís, Portugal, Estado español y Estados Unidos. La mujer más joven de todas nosotras tenía 24 años y la más mayor 72. Veníamos de organizaciones como ACVC, Adispa, Ascamcat, Cahucopana, Cajar, Comunidad de Paz, CSPP, Credhos, DH Colombia, Karisma, Limpal, Movice, Nomadesc y PBI. Cada una con nuestras historias, nuestros sueños y nuestros dolores.
Nos juntamos durante cuatro días todas estas mujeres:
Reconociéndonos desde nuestros nombres. Casi lo primero que nos dicen al nacer, el que se utiliza para llamarnos y reconocernos, el primer paso para tejer confianza.
Reconociéndonos desde nuestros territorios, nuestros lugares de resistencia, de creatividad, de sanación y de memoria.
Trabajando juntas, desde la espontaneidad, la intuición y la diversión, construyendo los nuevos mundos que imaginamos para nuestras tataranietas, mundos en paz, diversos. Recordamos que imaginar juntas el mundo que queremos nos da esperanza.
Y nos volvimos a encontrar desde el juego, para compartir los saberes que queremos se conserven en el tiempo porque serán fundamentales para ese mundo que imaginamos. Queremos que pasen de generación en generación como un cuento o una canción que se canta alrededor del fuego. Y construimos entre todas dos cuentos, de leonas, pájaros y de una mujer llamada Laura, que se fue a la luna. ¿A la luna? Sí, y se fue, así… así…
En el grupo surgieron saberes de partería, de sanación con las hierbas y piedras, de espiritualidad, saberes sobre cómo sembrar, cómo mantener el equilibrio sobre un SlackLine, de resolución de conflictos, de tejer, etcétera…
Y conversamos desde la cercanía, sobre cómo sanarnos, sobre cómo sentirnos mejor y cómo eso nos ayuda a aportar al mundo. Vimos nuestras manos y nuestros pies, todo lo que creamos y movemos con ellos, y los masajeamos, las unas a las otras, con el cuidado de estar para la otra. Y ahí se fue creando un fuego nuestro, un fuego de grupo que siguió, y siguió, y siguió…
Siguió como una espiral,
siguió como una mandala,
siguió como un Mbele Mamma…
Y así fue como 25 mujeres nos juntamos y, por cuatro días, fuimos comunidad. Y, colorín, colorado, este cuento se ha acabado.
PBI Colombia